Todo empieza de forma inocente e inconciente, como cuando se forma un sueño.
Poco a poco las formas van mezclándose en una sinestesia de sentimientos con el nombre genérico de amor o deseo, válganse las interpretaciones personales que cada uno quiera otorgarle. Tras ello, sueles soñar de forma completamente aleatoria en el tiempo con esa imagen: bien sea aquella noche en la cual se te adueña la nostalgia o el anhelo, bien aquella otra donde te hallas con la mente parcialmente entumecida sosteniendo una copa, bien aquella que un simple gesto del universo te remueve un recuerdo en la memoria o bien en cualquier otra ocasión sin motivo aparente.
En el mejor de los casos, este sueño es mutuo y correspondido, como si fueran encuentros intangibles pero palpables, no simplemente surgidos de nuestra imaginación. La continuidad cómplice de estas fantasías, convierten al soñador en sueño; un sueño del que es difícil desprenderse, o querer desprenderse, inesperado, y que perdura en el mundo onírico de la otra persona.
Conviene a veces pensar no solo en cuando soñamos sino también cuando somos sueños, pues el ser un sueño es quizás la prueba más inexplicable, extraordinaria y secreta de que ha valido la pena soñar. Todo empieza de forma inocente e inconciente, como cuando se sueña.
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Marzo 9, 2008 a las 1:31 pm |
Les rêves sont la littérature du sommeil…
(Cocteau)